Alejandro Campins (nace en 1981, en Manzanillo, Cuba, y reside y trabaja en La Habana, Cuba)

Cuando visité por primera vez a Alejandro Campins en su estudio, hará unos diez años, era difícil apreciar sus pinturas recién acabadas, todas ellas en formatos gigantes. Tuvo que luchar para desplegarlas en ese estudio demasiado pequeño para yo poder imaginarme cómo se verían a una distancia de 15 metros en una blanca sala de exposiciones. Y ni hablemos de sus condiciones de producción, que sin duda debieron exigirle una enorme imaginación. 

Un paisajista cubano

4to aniversario, 2011, esmalte sobre lienzo, 344 x 579 cm

Desde aquel momento, había captado de inmediato que el joven que tenía frente a mí era un pintor excepcional. Un paisajista, además. ¡Un paisajista cubano! Y para nada con un estilo anticuado, ¡todo lo contrario! Un paisajista que osaba mostrar composiciones temerarias y audaces combinaciones cromáticas que, al menos en la superficie, no guardaban relación alguna con Cuba, lo que me agradó sobremanera. Enseguida me di cuenta de que detrás de sus pinturas había una firme mano ordenadora, pues nunca habría podido pintar esas inmensidades sobre toscos sacos de estopa sin poseer un riguroso marco conceptual. A dónde se dirigía en términos de su desarrollo artístico, era ciertamente una cuestión abierta en aquel entonces. Y, por fortuna, Campins ha conservado esa apertura hasta el día de hoy; sus creaciones nos sorprenden una y otra vez.

La Ciudad de los Muertos

Sin título, 2014, óleo sobre lienzo, 35 x 50 cm

Tras un comienzo bastante colorido y alegre en los primeros años de su carrera como pintor, su paleta palideció de forma notable. Colores sombríos sumergen a sus sujetos en una luz cetrina que le confiere una honda cualidad sombría a sus pinturas; como si Campins hubiese perdido su avidez por los colores. El título de su serie “Ciudad de los Muertos” (2014-2015) alude al nombre del cementerio de El Cairo que conforma todo un distrito; necrópolis que él visitó y en la que viven muchos miles de individuos. En los lienzos, sin embargo, no hay rastro de ajetreo humano. El espectador se enfrenta a composiciones geométricas casi abstractas, de las que se han extraído los colores. También están vaciadas de color sus series “Paisajes cubanos” y “Declaración pública”, que, al igual que los sitios arqueológicos, preservan el aliento poético de su antiguo sentido. La cualidad numinosa de estos lugares históricos sigue palpable; allí parecen haberse celebrado espectáculos políticos y teatrales. Ahora se ven muertos y desiertos; como si los hubiera atravesado un viento atómico. 

Arquitecturas metafísicas de ensueño

Los modelos para los temas de Campins son arquitecturas existentes; verdaderos paisajes culturales. Sin embargo, su estilo de pintura los transforma en algo muy diferente; en gestos teatrales de lo que ya no existe; en marcas de un pasado que no puede rastrearse. No se convierten en pesadillas; más bien se congelan en un inmovilismo conceptual y minimalista. Su latencia silenciosa pesa más que una posible denuncia de los actos misteriosos que pudieron haberse dado en estos herméticos no-lugares. El tiempo parece haberse detenido en estas instantáneas tranquilas y sombrías, propias de un romanticismo elegíaco y soñado.

Miedo a la muerte es miedo a la verdad

Devil slide, 2018, esmalte sobre lienzo, 300 x 500 cm

Este es el título de una de las últimas exposiciones de Campins. Se centra en los búnkeres y sus posibles significados. Los temas de estas pinturas —a las que esta vez inyecta más colores— son monstruosos y gigantescos refugios contra ataques aéreos masivos, pertenecientes a la II Guerra Mundial y a la Guerra Fría. El búnker como estructura de defensa, tranquilo, monumental y majestuoso, sirve al artista para simbolizar un primordial temor humano, como Campins me explicó personalmente:

 “Me refiero a cómo las personas le tememos al cambio, a perder aquello a lo que nos hemos aferrado. Y este miedo hace que nos construyamos constantemente estructuras mentales y físicas como sistema de protección ante esa verdad —para mí absoluta— que es la impermanencia”.

 www.alejandro-campins.com

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