Cuaderno de viaje Centroamérica, octubre y noviembre de 2005, I parte

Con el beneficio de la mirada retrospectiva, este fue un viaje interesante e iluminador. Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Panamá eran los únicos países que faltaban en mi lista —aparte de Bolivia—, así que el periplo también era necesario. Aunque estos países sean “pequeños” en el mapa y con frecuencia se menosprecien, son muy relevantes para Latinoamérica. Detecté similitudes y diferencias; sus individualidades y sus rasgos en común.

Culturas diferentes 

Panamá se distingue de los demás países, al igual que Belice. En este último caso, también se debe al criollo beliceño —de base inglesa y llamado kriol— así como a la población, negra en su mayoría. Además, posee una cierta calma flemática que vemos con frecuencia en las excolonias británicas, incluso en Gibraltar. La gente que habla español tiende a ser más ágil, más lista. Son dos culturas muy diferentes. 

Belice está lingüísticamente aislada de sus vecinos. No existen referencias o conexiones decentes que lleven a Belice. Sin embargo, es curioso que desde Belice sí existen. Joan Duran, que vive en México, está involucrado en una serie de exposiciones a gran escala llamada “Landings”. En enero de 2006, “Landings 2” comenzará su circuito en Mérida, y luego irá a Nueva York y otras ciudades; después a República Dominicana y por último al Museo de Arte y Diseño de Costa Rica, en San José. ¡Qué increíble hazaña organizar algo así desde Centroamérica! Por otro lado, Duran me contó sobre una conversación que tuvo con el empresario nicaragüense que cofundó la bienal centroamericana hace unos diez años y que se celebra —más allá de las bienales nacionales— en un país diferente cada año. Durante esta conversación, Duran le preguntó si estaría dispuesto a incluirlo con Belice en el ciclo de la bienal. El empresario le respondió que Belice era caribeña; lo que, por supuesto, no es cierto porque pertenece a Centroamérica. Añadió que, no obstante, sí podría participar con la debida contribución financiera, en cuyo caso Belice sería la sede de la bienal en unos 12 años. Las personas de habla hispana no parecen llevarse con los beliceños. No les atrae el país. El porqué no está del todo claro. Simple y sencillamente, no parece haber interés.

Los beneficios de cerrar filas 

Si hablamos de “política”, hay que mencionar el interesante papel que ha asumido Virginia Pérez-Ratton. Fue ella quien puso a toda Centroamérica en el mapa. Por muchos años ha estado dedicando esfuerzos inconmensurables —incluso exagerados— a crear redes y al mercadeo, sobre todo para Costa Rica. Por lo visto, los ticos y ticas —como se les dice a los costarricenses— poseen la actitud más altanera de todos los centroamericanos. Ello se remonta a la época en que a Costa Rica se le llamaba la Suiza de Centroamérica. Esa época se acabó hace mucho tiempo. Por el momento, El Salvador parece estar a la cabeza. No existe razón alguna para tal engreimiento. Virginia también tiende a ello, por lo que ha marginado a ciertos colegas, sobre todo de países vecinos. Actúa de manera abiertamente dictatorial en muchos aspectos. Ello acarrea todo tipo de efectos secundarios entre los diversos países; celos mezquinos y similares. Por otra parte, los esfuerzos de Virginia también han aumentado el intercambio entre estos países, siendo la bienal centroamericana un ejemplo de ello. Es algo que beneficia a todos. Pero no todos comprenden aún que deben cerrar filas en muchos niveles para convertirse en una entidad de gran relevancia. Existen todavía demasiados intereses particulares, por lo que ello tomará algún tiempo, si es que alguna vez sucede. En términos culturales y políticos sería razonable crear un tipo de confederación centroamericana. 

Virginia Pérez-Ratton (1950-2010), San José

La logística de mis viajes 

En cada país establezco un contacto; alguien que organice mi agenda. Este enfoque se sustenta en mi experiencia y funciona en todas partes. En algunos países, me reúno sin mediadores con cierto número de personas con las que entro en confianza. Lo importante es descubrir lo que está pasando, lo que sucedió, lo que ha cambiado y lo que debería estudiar. Es absolutamente necesario. La persona que actúa como mi enlace se beneficia del prestigio y la reputación asociados a este rol. El inconveniente, por otro lado, es que él o ella nunca sabe con certeza lo que busco. Me programa reuniones con una amplia gama de artistas, mostrándome además carpetas y catálogos de muchos otros. Lo hojeo todo de inmediato y decido con quién me gustaría reunirme. Mi enlace entonces lo concreta. En esencia, este “buen trabajo” puede tener doble filo: artistas que no fueron incluidos le preguntan “¿por qué a mí no me lo presentante y a ellos sí?” Sin embargo, este tipo de introducción a la escena artística local es preferible. Cuando me doy cuenta de que escogí a la persona equivocada, busco un mejor enlace para la próxima vez mientras sigo en el país. Ciertos nombres se van cristalizando a lo largo de los años. Ya he hablado con tanta gente que tiendo a conseguir a la persona adecuada. Si no puedo evaluar la situación en absoluto —como me sucedía con Centroamérica— sería inútil tener muchos contactos. Ello solo acarrearía más enredos y aglomeraciones que no ayudarían ni a la causa ni a mi trabajo. 

Puesto ya había estado en Costa Rica, decidí no ir allí esta vez. Tampoco visité Guatemala, a pesar de que hay personas muy interesantes allí: Rosina Cazali y Regina Galindo, por ejemplo; mujeres fuertes que impulsan las cosas. Iré en otra ocasión. Mis planes eran ir directo a Nicaragua y solo detenerme en Costa Rica entre vuelos. Estábamos ya en el descenso, cuando de pronto nos redirigieron a Panamá por razones técnicas. Tuvimos que pasar la noche allí y todo se retrasó al día siguiente.

Nicaragua

Debido al retraso, en lugar de aterrizar a Managua al mediodía, llegué tarde en la noche. Primero me puse en contacto con mi enlace —la artista Patricia Belli—, quien había convocado a los artistas por la tarde y tenido que cancelar la reunión. Ahora estaban sentados en un bar esperándome, pero por desgracia tuve que desistir porque ya era demasiado tarde. Patricia es una artista muy conocida por sus instalaciones. En el último día de mi estadía —me quedaba dos o tres noches en cada país— me preguntó: “¿Te gusta mi arte? Sé honesto, por favor”. Fue directa, así que le dije que debía concentrarse más y enfocarse en penetrar a fondo la realización formal de sus ideas. Le agradó la crítica sincera. Quiere establecer una fundación o una academia artística de alto nivel en Nicaragua. Su enfoque es muy profesional, así como su ánimo. Deberíamos considerar apoyarla.

Patricia Belli, Managua, 2017

Antes de esta conversación, me llevó a dar una vuelta. Nicaragua es como una mezcla de Cuba y Paraguay. También es pobre y “cubana” en su sandinismo; en la cualidad sepia y descolorida de todo. Managua es terrible: una ciudad anodina cuya topografía se define por grandes rotondas decrépitas y por una colina donde se erige la silueta de Sandino, el héroe revolucionario nicaragüense. Es significativo que ahora se lleve a cabo una exposición, “Murales de octubre”, a la que varios artistas han sido invitados. Reinterpretaron los antiguos murales sandinistas con unos propios. Los viejos fueron removidos de una manera bastante somera (¿a quién le importa, en realidad?) cuando dejaron de ser populares. Es típico de Nicaragua manejar sus asuntos así. La gente allí es bastante seria; ‘sombría’ sería una palabra demasiado fuerte. Nadie estuvo muy alegre en Centroamérica, lo que me sorprendió bastante. Cuando estábamos en un grupo de personas, nadie se echaba a reír, ni bromeaba, como estoy acostumbrado que suceda en cualquier lado. Todos lucían siempre serios, dándome la sensación de que estaban herméticamente absortos en sí mismos; sensación que no solo tuve en Nicaragua. 

Visitamos a varios artistas; entre ellos, a Raúl Quintanilla en su casa. Tendrá unos 50 años y es un intelectual. Como artista, se parece al cubano Tonel, con quien espero encontrarme en Vancouver en abril de 2006. Quintanilla es agradable, inteligente, educado e ingenioso. 

David Ocón es un artista de mayor edad, que trata temas religiosos. Gabriel Sierra es muy joven; acaba de empezar a hacer fotografías. Podría convertirse en un artista interesante. En este momento, está en la vía de la autoexploración y es bastante inofensivo. Lo que me extraña, sin embargo, es que todos parecen muy seguros de sí mismos. No se asustan ante ninguna comparación. Eso puede ser bueno para ellos, pero no tan beneficioso para su arte. 

También asistí a una discusión sobre los murales, cuyo nivel era tan elemental que escucharla se convirtió en una tarea tediosa. Dos curadores locales, Alicia Zamora y Estafeno Questioli, habían organizado la exposición. En la cena que siguió, conocí al costarricense Alejandro Ramírez. Está agresivamente tatuado y cubierto de objetos. Una mirada más cercana revela que sus tatuajes poseen una calidad superior a la media. Aparenta ser un pandillero de aquellas maras de repatriados y exiliados que antes residían en Estados Unidos y que difundieron el crimen y la brutalidad en toda Centroamérica. Ramírez ha adoptado su conducta sin ser como ellos. Es muy simpático e inteligente. Debería ver su trabajo más de cerca alguna vez. A él y a Wilbert Carmona —a quien también conocí allí— les interesan las interacciones sociales penetrantes y divertidas. ¡Un encuentro agradable! Al día siguiente, Patricia Belli me entregó una cantidad abrumadora de CD. Tengo una gran cantidad de ellos aquí mismo, y eso es solo una parte. Los CD no son mi tipo de medio, de todas formas, y la mayoría no tiene precisamente la mejor calidad técnica. 

El Salvador

Desde Managua volé hasta San Salvador, donde Ronald Morán, un artista muy agradable, me recogió en el aeropuerto y fue mi acompañante en esa ciudad. Primero fuimos a cenar para conocernos mejor. A la mañana siguiente, me encontré con Ricardo Poma, uno de los principales empresarios de América Latina y muy sofisticado. Sus supermercados fueron diseñados por un arquitecto mexicano. También dirige una notable fundación con diversos intereses. Me mostró su clásica colección modernista compuesta por obras latinoamericanas seleccionadas con esmero. Juntos visitamos las exposiciones temporales de MARTE (Museo de Arte de El Salvador), que abrió hace un par de años. Su director es un artista que pinta. Dispone del museo de manera adecuada y es sensato. Es un buen espacio para el arte. Parece que es muy visitado y está espléndidamente ubicado. Ronald Morán se unió a nosotros, lo que agradó a Ricardo Poma, quien por su posición social no suele tener contacto con personas “normales”. Los países centroamericanos son muy conservadores —casi decimonónicos— en su estructura social. 

Más tarde, Ronald y yo fuimos a su estudio. Hoy en día trabaja en instalaciones con cocinas y otros interiores. Cubre los muebles con felpa blanca, dándoles un aspecto muy específico. No sabe que ya otros lo han hecho antes, por lo que le funciona bien. Luego copia los objetos en gran formato. Pinta bien. En su estudio conocí a uno de sus colegas, Walterio Iraheta, y por primera vez estuve presente cuando un pintor trabaja. Ambos son muy relajados y agradables. Walterio hace variaciones de Superman y obras similares a las de Liliana Porter. Son inventivas y bastante buenas, aunque todavía les falta el golpe final.     

Nos dirigimos a un lugar ubicado en una colina sobre la ciudad. El Salvador es mucho más próspero que Nicaragua y demás países centroamericanos. La influencia estadounidense es obvia. San Salvador está muy bien situado. La playa queda a tan solo 25 a 35 kilómetros; unos 45 minutos en automóvil. La ciudad es montañosa y está a una gran altura —casi a 1000 metros—, así que no hace demasiado calor. La luz es hermosa allí, y todo el conjunto es muy agradable. 

Por la noche fuimos a un evento académico en el Centro Cultural de España. Existen centros como este en muchos países, con directores avispados y programas dignos, al estilo del British Council. Ambas son instituciones de alta calidad con enfoques integradores para la población local. Rosina Cazali, curadora de Guatemala, estaba dando una conferencia histórico-artística sobre arte del siglo XX; se sentía como una clase nocturna y se hizo larga. 

La siguiente visita —a José David Herrera— fue muy divertida. El artista había usado el apartamento de su novia como espacio expositivo: unos siete artistas dispusieron sus piezas en diversos puntos del pequeño hogar. Había objetos en la lavadora, en el fregadero de la cocina, en todas partes… hasta el más mínimo detalle. La exposición —ejecutada de forma muy ingeniosa y bella— duró tres días. Fuimos otra vez al día siguiente. Una periodista también estaba allí. Por lo general, en Centroamérica el arte solo se cubre en las páginas de sociedad. No existen suplementos ni páginas culturales. Leí el artículo justo antes de mi partida: a la izquierda, la primera dama aparecía en la apertura de una muestra cualquiera; a su lado estaba una foto de la exposición en el apartamento con una obra de Walterio Iraheta: una estatuilla de Superman vomitando por todo el fregadero de la cocina. 

Al día siguiente, Ronald y yo fuimos a ver a Teyo Oriana, un artista sagaz que hace fotos con una obsesión por las mujeres gordas. Pienso que son buenas: mujeres gordas, atadas con cinta métrica o desatadas. Si bien una obra sola, por sí misma es bastante anecdótica, tres de esas fotos juntas podrían componer una buena presentación. Luego nos reunimos con Rodolfo Molina, el curador de la próxima bienal centroamericana, que tendrá lugar allí. Tuvo un mal día o cero ideas… No lo sé. Realiza collages con arquitectura y en torno a ella. Su arte me pareció débil, pero es respetado en su país. 

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