El sistema automático de detección temprana del arte

¿Cómo podemos reconocer el arte y darnos exacta cuenta de si es sobresaliente o solo mediocre? Suponiendo que no tienes acceso a Wikipedia, ¿cómo distingues el arte excelente del arte promedio? ¿Cuál es la diferencia entre una pericia “normal” y un instinto infalible para el arte?

Años de experiencia

¡La experiencia, por supuesto, juega un papel importante! Me beneficié obviamente de mis muchos años de trabajo como crítico de arte y corresponsal para periódicos y revistas de arte y arquitectura. Esto requirió que captara de inmediato las características esenciales de cualquier exposición, de cualquier obra de arte y de cualquier “situación artística”. Un activo adicional en mi caso específico fue el ojo entrenado que había adquirido como guía científico de viaje (sobre todo de culturas mediterráneas), uno de los trabajos con los que financié mis estudios de arte. Si estás viajando por el norte de España en un recorrido por la arquitectura románica y —después de haber visitado y descrito siete iglesias románicas ese día— de repente te topas con una octava y una novena iglesia románica, y entonces el insaciable grupo de viajeros te pide que les hagas visitas guiadas ad hoc, aprendes a reconocer y distinguir de un tiro sus características relevantes o de lo contrario estás perdido. A esto se suman innumerables ferias de arte, bienales y exposiciones de todo tipo, así como un montón de visitas de estudio y la revisión de carpetas de artistas (físicas y digitales).

El asunto resulta ser bastante directo si los “contenidos” —como en las obras de Alfredo Jaar, por ejemplo— emergen de manera bastante clara y perceptible, y si la forma física de la obra de arte es auténtica y estéticamente convincente en reflejar su idea fundamental. Es fácil, entonces, “verificar” o “medir” si la elaboración artística es exitosa; es decir, si hubo una idea en primer lugar, lo que tiende a ser un problema generalizado. Algunos artistas alegan tener una idea sin que de veras exista. En la mayoría de los casos, sin embargo, sí es posible rastrear esa idea, ya sea original o injertada de alguna anterior.

Algo más difíciles son los casos en que los contenidos no pueden rastrearse o comprenderse de inmediato (ojo: ¡de ninguna manera exijo que el arte tenga contenidos “comprensibles”!). En estos casos, cuando me enfrento a una gama potencial de expresividad interminable tengo que confiar en mi propio criterio personal. Los propios artistas suelen hacer comentarios sobre su presentación, que pueden oscilar entre el flujo de palabras compensatorias de Mario Navarro, por un lado, y el silencio de esfinge al estilo de Antonio Dias, por el otro.

 

Evaluar a aquellos en el medio

Reconocer de inmediato el arte muy bueno no es el problema. Eso lo pude manejar en el caso de artistas muy jóvenes en su momento, como Los Carpinteros, Adán Vallecillo o Javier Castro. Tampoco es un problema detectar de una vez el arte malo como tal. El desafío real, que requiere un buen grado de instinto e intuición, es manejar la amplia gama de trabajos que están “en el medio” y esos comprenden de lejos la mayor parte de toda la producción artística. Era mi tarea detectar talentos desde el inicio y a tiempo, midiendo el potencial aún no bien desarrollado, fueran cual fueran las circunstancias. Seguí de cerca a muchos artistas de esta categoría, esperando que presentaran una obra de arte que cumpliera con mis criterios y que no estuviera reservada para otros clientes.

 

Hay quienes se refrenan …

No siempre es fácil construir una base de confianza para que los artistas muestren todo su trabajo; y haber establecido la confianza necesaria no implica que los artistas te vayan a vender lo que quieres, en especial si su situación económica les permite no tener que vender todo lo que producen. Sin duda, hay bastantes artistas que “suprimen” a propósito la existencia de ciertas obras por un cálculo astuto. Esto es muy legítimo. De hecho, los artistas no deben correr el riesgo de desprenderse de todas sus obras, sino que siempre deben conservar algunas piezas de cada fase creativa para así estar preparados para eventos imprevistos.

Hay artistas, como Mario Cravo Neto, que no necesitaban vender. Solo después de que nos conocimos bien fue que me abrió sus archivos fotográficos, de los que luego seleccionamos obras juntos. O León Ferrari, que sin duda anticipó su futuro éxito en el mercado y el aumento asociado en el valor de su obra a principios de este siglo: economizó sus recursos y solo vendió con moderación. Lo mismo cabe decir para Carlos Cruz-Diez, quien estuvo muy claro sobre quién, cuándo y por qué ofrecería qué y cuántas de sus obras tempranas.

Carlos Cruz-Diez, con su hijo Carlos, María Belén Sáez de Ibarra y Hans-Michael Herzog en la inauguració de “Face to Face”, Zurich 2008, Fotografía: M.G.

… y quienes cambian de opinión

No es raro que los artistas tengan dudas sobre la calidad de sus obras. Suelen, entonces, no mostrar las piezas de las que no están muy convencidos. Algunos que se han hecho famosos por su trabajo anterior puede que traten de vender un producto más reciente e inferior. Esto me sucedió con Marta Minujín en Buenos Aires en 2006, no precisamente un momento de auge para ella. Se reusaba a lidiar con su espléndido pasado artístico e intentó persuadirme de que comprara unas esculturas innombrables. Me costó gran esfuerzo lograr que buscara entre sus polvorientos archivadores hasta conseguir unos dibujos preliminares de sus grandes proyectos —como el Partenón y otros— que luego pude comprar a un costo razonable. Cuando le pregunté sobre sus famosas fotos con Warhol y las mazorcas de maíz, respondió, de forma bastante brusca, que seguro había perdido los negativos. Varios meses más tarde, una galería me ofreció esas lustrosas imágenes por un precio escandaloso. Por lo visto, la “reina del arte pop” había regresado a sus viejos valores. Hoy esas fotografías cuelgan en el Malba en Buenos Aires y su Partenón de los libros resplandeció con fulgor como el centro de atención de documenta 14 en 2017.

 

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