En el comienzo estaba la obra de arte. ¿Qué hacen los llamados curadores con ella?

 ¿Por qué las obras de arte y sus autores –los artistas– no ocupan el lugar protagónico que merecen? Estamos hablando de arte, ¿no es así? Entonces, ¿por qué descuidamos a los artistas? 

Arte instantáneo

¿No deberíamos los «curadores» servir y apoyar el arte con una pizca de humildad? Es nuestro medio de vida, después de todo; nuestro mayor bien y al que deberíamos tratar con esmero. En alemán, solíamos llamarnos Kustoden o Konservatoren: ‘custodios’ o ‘conservadores’. (De dónde sacaron los españoles la espantosa palabra ‘comisario’ todavía es un misterio para mí). Ambos términos refieren al buen cuidado y fomento del arte. El término ‘curador’ no es una marca registrada: cualquiera puede adjudicarse ese título si le da la gana, con solo mover una maceta de aquí para allá.

En efecto, a lo largo de las últimas décadas, «lo curatorial» ha ido absorbiendo el arte con éxito. El factor tiempo juega un papel importante en este contexto: toma mucho tiempo conocer las obras de arte y a sus autores; familiarizarse con los originales, estudiarlos e ir comprendiéndolos. Sin embargo, muchos «curadores» fijan su atención en el comercio y en los posibles patrocinadores (del impacto del mercado hablaré en otro momento), sobre todo cuando se espera que organicen con prisa alguna bienal o evento similar. A menudo compilan su repertorio expositivo haciendo clic con el mouse. ¡Y es que la mayoría de las obras se ve mejor en internet que en la realidad! 

Evadiendo a los artistas

A veces tengo la impresión de que los curadores ven a los artistas como un mal necesario con el que deben lidiar lo menos posible. En lugar de apoyar a los artistas, «el curador» tiende a abusar y aprovecharse de ellos, degradando sus obras a simples ejemplos de sus propias hipótesis ingeniosas y más o menos sensatas. A decir verdad, hay menos temas que exposiciones, así que, ¿de qué sirven todos estos títulos absurdos?

Hoy es común ver cómo las obras de arte están sometidas a la demanda estalinista del discurso «del curador». De acuerdo con el principio establecido de «comer o morir», ¿debemos aguantar sumisos el programa expositivo que ha decretado «el curador» ex cátedra? ¡Qué práctica tan conservadora, arrogante y desdeñosa del arte!

Inducción contra deducción

Prefiero el enfoque inductivo, mediante el cual trato de filtrar el sentido de las obras de arte y su posible significado para entonces exhibirlas. Poco a poco voy sacando mis conclusiones de la situación empírica de la obra de arte que tengo en frente. Por simple y trivial que parezca, mi enfoque se nutre de la realidad directa, en contraste con el de tantos supuestos colegas que aplican un sistema autoritario, de arriba hacia abajo: «deductivo». Quiero compartir esta anécdota:

Marianne Greber, Luana Muniz na Lapa, Rio de Janeiro, 2003

Una fotógrafa austriaca y amiga mía viene trabajando desde hace décadas –entre otras cosas– con personas trans y drag; sobre todo en Cuba y Brasil, y hace poco también en Perú y en la región del lago Constanza. Un joven «curador» la visita en su estudio y le suelta su lista de preguntas. Cuando le pregunta cuál es su método fotográfico, ella le responde: «No sé. Trabajo con la cámara». El «curador» –desencajado y perplejo– se levanta y se va.

Rechazo el intento de clasificar el arte, embutiéndolo en esquemas prefabricados, como solía hacerse mucho tiempo atrás. Ahora se vuelve a caer en lo mismo, día tras día, en numerosas instituciones académicas y centros donde se imparten los llamados curatorial studies, que buscan suplir la falta de práctica y de voluntad para involucrarse en el análisis empírico del arte. La «teoría» es un delicado retoño sostenido con desvelo para protegerlo de los fuertes vientos de la realidad.

La necesidad actual de abordar la obra de arte a través de sonados temas de actualidad (el calentamiento global, las cuestiones de género…) mata su autonomía (ver mi publicación número 35). Una vez más, el arte se ve explotado para servir propósitos ajenos a su propio sentido inherente. El arte nunca debería deteriorarse por la mera ilustración de ideas. El arte no debe entrañar el compulsivo intento por probar algo (quod erat demonstrandum). Ese no es el propósito del arte, y punto. A la vez, muchos artistas alinean su producción con los deseos y las demandas de los «curadores» para hacerla más exhibible y vendible. Pero no es nada nuevo. El oportunismo siempre ha controlado muchas estrategias artísticas.

Hoy, más que nunca, debemos unir fuerzas para encontrar el potencial estético, social y político de nuestra práctica curatorial. Juntos –artistas y curadores– debemos esforzarnos por convertir nuestros actos estéticos en desafíos a la sociedad dominante.

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