Indiana Jones o a la caza de los tesoros escondidos

El sueño del verdadero investigador es descubrir algo radicalmente nuevo, algo que empequeñezca lo que se conoce hasta la fecha. El investigador busca la inmortalidad en una nueva fórmula química o descubriendo la especie que llevará su nombre. Asimismo, el coleccionista de arte —otro cazador— busca con pasión al genio en potencia para contribuir a que brille con luz propia desde el fondo del barril.

La emoción del descubrimiento: Los Carpinteros

Las revelaciones fascinan y emocionan por naturaleza. A la vez, no existe casi nada que alguien no haya “descubierto” ya antes. Sin embargo, gratifica toparse con algo significativo en artistas u obras de arte; algo que te convenza de manera espontánea e inmediata.

Así sucedió con Los Carpinteros, a quienes conocí en el año 2000, en casa de Cristina Vives en La Habana. Entonces, como ahora, Cristina sigue siendo la marchante vivaz, siempre dispuesta a apostar por la calidad y el intercambio, y a quien debo mucha información y conocimientos. Ahí estaba el trío de jóvenes treintañeros —Dagoberto, Alexandre y Marco— sentado frente a mí y escudriñándome con su radiante mirada. Me anegaban en preguntas; no estaban para nada dispuestos a entregar sus maravillosos dibujos a cualquier Perico de los Palotes. Y hablo de una época en la que cada dólar valía mucho en Cuba, ¡muchísimo más que hoy! Por fortuna, pasé el interrogatorio de fuegos cruzados y no tuve que irme con las manos vacías. Exportar los dibujos que compré fue tan fácil como un juego de niños: lo único que necesitaba para salir del país —literalmente cargando las obras de arte bajo el brazo— era el papelito oficial de la aduana cubana. 

La carrera internacional de este colectivo de artistas despegó unos años más tarde (ya sin Alexandre Arrechea, quien dejó el grupo en 2003), cuando fueron descubiertos por el mercado del arte brasileño, atrayendo la atención internacional. Hoy, estos reverendos señores ya forman parte del establishmentdel arte y los coleccionistas estadounidenses conversan en las ferias internacionales sobre las últimas adquisiciones de sus piezas. 

Sofisticación sutil: Los hermanos Capote

Asimismo, los hermanos Yoan e Iván Capote —cubanos también— parecen unos individuos modestos, humildes y muy discretos; como si fuesen dos provincianos al margen de todo. ¡Pero ojo! Estamos lidiando con dos personajes artísticos muy sutiles, agudos, afiladísimos, analíticos e ingeniosos a la vez. Tanto su forma de pensar como sus obras carecen de pretensión alguna. Poseen una elegancia sencilla, pero precisa, y una consistencia exquisita. Por cierto, los artistas pretenciosos rara vez son buenos. 

Amor a primera vista: el arte de Adán Vallecillo

Puse el ojo por vez primera en trabajos del artista hondureño Adán Vallecillo en una pequeña exposición en Tegucigalpa en 2005. Bonnie de García —figura protagónica en la comunidad artística de Honduras— presentaba en un modesto espacio algunas obras de Vallecillo, quien tenía 26 años. Me había llevado Bayardo Blandino, director y curador del espacio de arte alternativo Mujeres en las Artes. Amor a primera vista por el arte sería una descripción acertada de este encuentro. En cualquier caso, compré al instante algunas obras del joven artista y supongo que de paso ayudé a despuntar su carrera. En tales casos, cuando todavía no había una galería que actuara como intermediario, siempre intenté pagar un precio justo. Si alguien tiene otra impresión, ¡que por favor hable! 

Javier Castro, Dimensiones variables, 2008, Video still, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

Pasión y profesión: Javier Castro

Luego estaba Javier Castro: un joven cubano con una consistencia artística más allá de toda duda. Sus videos registran sin piedad lo que dice la gente común. Su arte es siempre incondicional: no puede ser de otra manera, ¡y este es un criterio absoluto de calidad en el arte! Inteligente y sofisticado tanto en observación como en realización, gestiona el equilibrio entre la cercanía y la distancia hacia sus sujetos: otra indicación inequívoca de gran profesionalismo. Con aparente facilidad, llega como ningún otro al corazón de la “cubanía”, a la esencia misma de su pueblo; lleno de afecto, con un guiño y empleando su inteligente ironía al mismo tiempo. 

Eduardo Berliner, Otite, 2013, Oleo sobre tela, 170,5 x 150 cm, Fotografía: Edouard Fraipont, São Paulo, Cortesía: Daros Latinamerica Collection

Talento sin pretensiones: Campins y Berliner

Y, finalmente, llegamos a estos dos jóvenes pintores de enorme talento: Alejandro Campins, de Cuba, y Eduardo Berliner, de Brasil. Pintar hoy en día se ha convertido en un tema difícil. La erudición es un recurso escaso; los colegas no tienen ni idea de la historia de la pintura; el material ilustrativo es exiguo y, por lo tanto, casi todos los “teóricos del arte”, “críticos” y “curadores” han perdido el poco juicio que tenían, con resultados devastadores para el arte en general y para la pintura en particular. Sin embargo, ¡no debería ser difícil en absoluto discernir entre una pintura buena y una mediocre! Voy a entrar en más detalles sobre esto en otra ocasión.

Ni Campins ni Berliner alardean ni se vanaglorian. Ambos tienen un proceder modesto y tranquilo. Producen un trabajo tenaz y bien organizado. Tienen ingenio y están ansiosos por identificar nuevos mundos visuales más allá de las oportunidades comunes del mercado. Aprovechan su rebosante cosmos interior para crear el espacio que necesitan sus pinturas. El mundo entero y toda su materia les sirven como rico sustrato, lúdicamente guiándolos una y otra vez. Quizás la pintura excepcional puede compararse con el amor singular: si es realmente bueno, no tiene sentido reflexionar sobre lo que vendrá después… 

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