José Damasceno (nace en 1968 en Río de Janeiro, Brasil, y vive y trabaja en Río de Janeiro)

«Es de suma importancia lidiar con lo que no sabes». (José Damasceno)

Reflexioné durante un tiempo sobre la mejor manera de hablar sobre un artista que no entiendo; cuyo arte no puedo «explicar» porque se me escapa en un nivel racional. A la vez, su obra está muy presente en otro nivel, que me compromete y me lleva a presentarlo aquí.

En las propias palabras del artista

Fue entonces cuando me encontré con un texto suyo. Un texto hermoso: filosófico y a la vez poético, un texto artístico escrito en 2001 y que capta todo lo esencial mucho mejor de lo que yo hubiera podido expresar:

«Podríamos imaginar el fluir de la savia en todas las plantas, el mismo en todas partes, en este momento; o también la circulación sanguínea humana que se da en el mundo entero por espacio de apenas tres horas; acompañar la trayectoria de alguna moneda, elegida al azar, a través de los innumerables intercambios, y encontrar, tal vez, a partir de este seguimiento, un dibujo no común. Relativizar el movimiento de los automóviles en el mismo instante en que se enciende la luz de la casa, intuyendo el camino y la presencia de la electricidad necesaria y del combustible desplazándose entre los motores y sus engranajes. Concebir todas las conexiones telefónicas, ahora, transacciones financieras, ordenadores conectados, personas trabajando, conversando, peleando, riendo, diferentes lenguas, diferentes códigos. Reconocer del mismo modo el movimiento de todos los diferentes tipos de peces y criaturas acuáticas por los océanos y profundidades. 

O presságio seguinte (experiência sobre a visibilidade de uma substância dinâmica), 1997, Maniquí, paño y hilos, Dimensiones variables, ca. 250 x 700 x 250 cm, Fotografía: Paulo Jabur, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

La realidad, o lo que se da en llamar real, tiene un sinnúmero de estratos, capas, dimensiones, densidades, estados, porosidades, canales, con una complejidad estructural inimaginable que se mueve, crece y modifica segundo a segundo en otro universo inmenso de puntos de vista distintos. Por algún motivo pienso en la existencia de una multitud de imágenes que habitan y sobreviven en todos nosotros, de este modo nuestra propia imagen, por ejemplo, habitaría en “diversas” versiones en la imaginación y en la memoria de quienes nos conocen. Una multitud de nosotros mismos. Si multiplicamos este hecho por toda la gente en nuestro alrededor, y así sucesivamente, tomando en consideración no solamente a las personas, sino también los objetos, las leyes, los procedimientos, las viviendas, las ciudades, las calles, las carreteras y los caminos, y además de eso los recuerdos, los amores, los relatos, los comportamientos, tal vez nos aproximaríamos a una especie de realidad imaginaria impresionante. Esto nos llevaría a suponer la posibilidad de que podemos caminar por esa zona sutil, de apariencia volátil, sí, pero sumamente concreta en cuanto a su presencia; densa en su viscosidad generadora de imágenes.

Un hábitat constituido por infinitos mundos que se interpenetran en un curioso entrelazamiento, superficies que se doblan, que se tocan en torsiones perpetuas y consecutivas que en realidad son ríos, afluentes, fuentes y manantiales psíquicos que corren y desembocan incesantemente en los océanos espirituales con sus correntadas, mareas, calmas, olas, tempestades. Este paisaje se puede vislumbrar de repente deambulando por algún barrio populoso de alguna gran ciudad. Cada apartamento, edificio o bloque abriga miles de vidas, de historias, de pasiones, de sueños, de ideas, de miserias, de tragedias, de odios, de alegrías. Pensamientos y acciones que se organizan en un complejo caos vivo, repleto de deseo, de sentimiento, de movimiento en última instancia. Creo que es absolutamente fascinante viajar por estos lugares y descubrir la asociación de elementos disparatados que se aproximan de un modo extraño. Percibir una oportunidad de derramar nuestra identidad, disolviéndola en el cosmos; tratar de afirmar y de ver las contradicciones, las incongruencias y los conflictos que constituyen en este mundo o simplemente gozar del hecho radical de que estamos inmersos en una circunstancia totalmente alucinatoria y maravillosa; una sustancia que llaman vida y cuyo contacto algunos llaman arte».

Instalación de la obra mencionada arriba, Casa Daros, 2015, Fotografía: Paulo Jabur

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