Leandro Erlich (nace en 1973, en Buenos Aires, Argentina, y vive y trabaja entre Europa, Montevideo y Buenos Aires)

¿Qué podría ser mejor y más refrescante en el mundo del arte que un artista que diga que quiere provocar y presentar nuevas perspectivas, y que se ha marcado la meta de «romper y expandir horizontes»? 

El arte en ojos de quien lo mira

Las obras de Leandro Erlich ocurren en la mirada de sus observadores, exigiendo que todas las facultades receptivas se desarrollen y, en última instancia, se expandan. El artista difumina una y otra vez los límites entre lo aparente y lo real, entre la realidad y la ilusión. Para ello, se sirve del efecto trampantojo (fusión de «trampa al ojo» y que viene del francés trompe l’oeil), una antigua fórmula de las artes visuales empleada para confundir nuestra percepción sensorial. Según Wikipedia, «el trampantojo es una técnica pictórica que intenta engañar la vista jugando con el entorno arquitectónico, la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos de fingimiento, consiguiendo una ‘sustitución de la realidad’». 

¿Realidad? ¿Ilusión?

La piscina, Cortesía: 21st Century Museum of Contemporary Art, Kanazawa, Japan

En sus obras, que fluctúan libremente entre lo real y lo ilusorio, Leandro Erlich a menudo logra espectaculares efectos sorpresivos que, como reacción primaria, provocan un asombro notorio, similar al efecto que producen las atracciones de feria, pero sus obras también pueden suscitar cierto desconcierto. A veces incluso se nos muestran algo siniestras, como los efectos prodigiosos y desconcertantes que adoptan las imágenes de Maurits Cornelis Escher, con su sinfín de patrones en bucle. Las obras de Leandro Erlich, claro está, también conllevan un sentido subversivo que tiende a manifestarse en un ambiente de ambigüedad y absurdo. En definitiva, las instalaciones de Erlich se rebelan contra un juicio apresurado de la función y el significado de los objetos que nos rodean, desorientando a fondo nuestros sentidos y haciéndonos reflexionar sobre qué es lo real y qué lo ilusorio.

Las ilusiones en verdad son ideales, quimeras o autoengaños. Aplicamos una especie de estrategia de supervivencia, contrastándo estas ilusiones, como antítesis, con la llamada realidad para tener algo «fiable» a qué aferrarnos. ¿Pero no es el arte pura ilusión al fin y al cabo? ¿O es el arte más bien real? O, después de todo, ¿es el arte más real que la llamada realidad? Para empezar, ¿es quizás la realidad una simple ilusión? ¡Leandro Erlich nos lleva directamente a este círculo vicioso!

Una bocanada de magia, sorpresa y política

Los espejos juegan un papel importante en las obras de Erlich, junto con todos aquellos efectos ópticos y psicológicos que nos deparan. Llegamos, casi poder evitarlo, a la esfera de la reflexión, a la búsqueda de la identidad y del doble, al tema de la aparición y la desaparición. Nos vamos sumergiendo cada vez más en la vorágine del mundo del circo, de los magos y de los trucos. Por otra parte, nos encontramos con Sigmund Freud y el psicoanálisis –tan popular en Argentina– y, por supuesto, con el ingenioso Jorge Luis Borges y sus laberintos y paradojas. En medio de todo esto se encuentra el amable y radiante director circense Leandro Erlich, empuñando su batuta, y sorprendiendo y deleitando al asombrado público con los actos, siempre nuevos, de su amplio repertorio.

Para mí, una de sus obras más bonitas es «La piscina», de 1999, donde la gente permanece bajo el agua como si no necesitara respirar.

Cambiadores, 2017, MORI Art Museum, Tokio, Japan, Cortesía: Hasegawa Kenta

O «Cambiadores», de 2008: un confuso laberinto de pequeños e idénticos vestidores que presentan un juego tan distorsionante de espejos y presuntas paredes, que nosotros, como observadores, quedamos totalmente desorientados y sin poder encontrar la salida.

Luego está «La democracia del símbolo», creada en el marco de su exposición en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) en 2015. Para esta intervención, Erlich simuló haber removido la punta del emblemático Obelisco bonaerense en la céntrica avenida 9 de Julio, para luego instalarla frente al museo y que así el público pudiese acceder a él.

La democracia del símbolo, 2015, MALBA, Buenos Aires, Cortesía: Guyot

Todas estas acciones, por muy sencillas y comprensibles que parezcan, son de hecho logísticamente complejas y estéticamente precisas y elaboradas. Además, transmiten un contenido político, social y filosófico muy significativo, que solo se despliega de forma gradual tras una atenta observación y participación.

De importancia decisiva es el hecho de que Leandro siempre revela al espectador la clave de sus trucos de magia, porque es justo en el momento en que mi percepción se revela como engañosa cuando empiezo a comprender el engaño y, en consecuencia, me vuelvo capaz de apreciarlo. 

Quisiera resumirlo todo con las palabras de mi colega argentino Rodrigo Alonso (en Maneras de hacer mundos, 2014):  

«Desafiar la gravedad, invertir los espacios, engañar al ojo, transformar el espectador en voyeur, forzar las perspectivas, manipular la duplicidad, instrumentar efectos especiales, incentivar la curiosidad, convertir al espectador en actor, expandir espacios, abrir ventanas a otras realidades, reinterpretar lo cotidiano, suspender las definiciones de lo verdadero y lo falso, construir verosimilitud, provocar identificación, potenciar lo insólito».

www.leandroerlich.com.ar

  1. Soy admiradora del arte que propone Erlich. El reflejo inexistente de unos botes, las nubes atrapadas dentro de cajas, ver el transcurso del día a través del reflejo del agua al costado de un cordón de vereda… Gracias por esa magia.

  2. Es fascinante y divertido a la vez estar dentro de los proyectos de Erlich. Digo dentro, porque cuando uno llega al espacio que le asignaron para sus trabajo, uno se vuelve parte parte de el. Me gusta mucho su trabajo.

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