Marcos López (nace en 1958 en Gálvez, Santa Fe, Argentina, y vive y trabaja en Buenos Aires)

“Si una palabra no funciona se pone otra. La imagen es otra cosa. Sobre todo si se trata de retratos. No hay espacio para andar dando vueltas ni se pueden poner adjetivos. El secreto es estar alerta cuando se presenta un encuentro. Prestar atención a la intensidad de la mirada, los gestos, la posición de las manos. Yo creo que, a esta altura del partido, no es necesario hacer doscientas fotos para decir lo que hay que decir. Con hacer algunos pocos retratos, bien hechos, que hablen de dos o tres sentimientos básicos, centrales, alcanza.” (Pacto de silencio, 2006) 

Cronista perspicaz

Marcos López es el retratista de su nación, Argentina, a la que desde hace muchos años ha puesto ante un espejo con tanto cariño como sentido crítico. Asume una función que no existe en casi ningún otro país latinoamericano: es un cronista idiosincrásico y excéntrico de las culturas cotidianas que lo rodean. Siempre con la debida distancia, su profunda empatía lo imbuye de una percepción sismográfica que le permite fotografiar los altibajos locos, estimulantes, sensuales, trágicos y melancólicos de su sociedad. Es de fundamental importancia que no guarde reserva alguna. De hecho, tiende a favorecer lo precario y lo vulgar; nunca se impone a sus sujetos, sino que se relaciona con ellos desde abajo para luego dignificarlos en una fotografía que él convierte en monumento. El propio artista dice: «Cuento la historia desde el margen, desde el punto de vista del más débil».

Blanquinegros tempranos

Casa de estudiantes, 1980/2006, B/w Gelatin silver print on Ilford Fiber Paper Multigrade, 29,8 cm x 39,9 cm, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

Entre la década de 1980 e inicios de los 90, Marcos López solo trabajaba en blanco y negro, y en pequeño formato. Estas fotografías sobresalientes se han visto algo opacadas por su arrolladora producción en color. No obstante, su primera fase es de óptima calidad y sin duda merece una mirada atenta, no por ser la precursora, sino como muestra de un arte fotográfico que en ese entonces ya era incomparable. Son retratos excepcionales: rostros que parecen venir de las películas mudas; psicodramas que se despliegan bajo la superficie inmediata, evocando el cine negro. Se abren abismos —también de inequívoca naturaleza erótica y sexual— que, sin embargo, no se nos revelan. Con su típica mezcla de intelecto y emoción, Marcos López nos acerca tanto a sus retratados que nos parece conocerlos. Con destreza y plena soltura, llega al corazón de sus rasgos medulares; sus precarias y frágiles facciones asomándose siempre.

Entran los colores y la utilería

Buenos Aires, ciudad de la alegría, 1993/2006, de la serie “Pop Latino”, C-print, handcolored with transparent inks, 100,3 x 136,5 cm, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

En la década de 1990, los colores entraron con estruendo en su fotografía y ya no hubo marcha atrás. Marcos López encontró de un tiro su camino hacia el «sub-realismo criollo»: salvaje mezcla de los elementos vulgares de tintes provincianos de una cultura sub-pop excesiva y teatralmente glorificada y contorsionada. Ni más ni menos, inventa «colores locales»: el término más adecuado para su apropiación fotográfica y su recreación de la colorida vida cotidiana en toda su cruda carencia de gusto. Las personas retratadas cuentan con algún tipo de utilería, como era común hace muchas décadas en la fotografía del retrato profesional en todo el mundo. Estos accesorios se colocan de la misma manera que los atributos simbólicos de las imágenes habituales de santos. Fue así como Marcos López desarrolló su propia «iconografía de santos cotidianos» marcada por una estética de una vulgaridad asombrosa.

Kitsch profundo

Marcos López es un maestro de la farsa. Elegante, irónico y pícaro, interpreta con virtuosismo toda la gama del kitsch y del llamado mal gusto. Con entusiasmo y fantasía, reta nuestras formas cimentadas de ver, sirviéndose de su incisivo olfato para lo surreal y lo absurdo. A veces nos cuesta soportar sus clichés porque meten el inexorable dedo en la llaga. Por su extrema crudeza, sus alegóricos retablos vivientes poseen un marcado verismo que va de la mano de una mueca humorista, frívola y irreverente; inocente, astuta y cariñosa. «Al carnavalizar la fotografia, este artista pervierte la confiabilidad del documento, subvierte el rol de la imagen como sostén del relato histórico e interviene alegremente en la propia historia de la imagen.» (Juan Antonio Molina, 2004)

Las fotos de Marco López son tan inolvidables como una buena película. Concluyo con sus propias palabras: «Los objetos también simbolizan cosas. En el retrato de Rogerio el avión es un avión, pero también es una ofrenda, un objeto de deseo y un misil. El yugo en el cuello ya se sabe lo que significa. Y en cuanto al color, el rojo del fondo tiene la contundencia de los clásicos. Se potencian mutuamente con el color de la piel del modelo: negro violáceo. Bemba colorá. Carioca transpirado. Yoruba profundo. Cubano auténtico. Haitiano verde oscuro. Marimba. Katinga. Kilombo. Candomblé.” (Pacto de silencio, 2006)

Rogerio (sudor y lágrimas), 2005/2006, de la serie “Sub-realismo criollo”, Color photograph, Lambda system print on Kodak paper, handcolored with transparent inks, 155,5 x 92,4 cm, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

www.marcoslopez.com

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