Marta Minujin y Priscilla Monge

Marta Minujin (nace en 1941 en Buenos Aires, Argentina, y vive y trabaja en Buenos Aires)

Marta Minujin es una superestrella; una verdadera celebridad en Buenos Aires. Valdría compararla a Andy Warhol en sus mejores tiempos neoyorquinos, con quien, por supuesto, trabajó.

Desenterrando obras tempranas

Cuando tuve la oportunidad de visitar su estudio hace muchos años, siempre en busca de joyas de arte «por descubrir», todavía desconocía su estatus de culto. Marta reaccionó con cierto fastidio a mi deseo de ver algunos de sus primeros trabajos. Parecía no haberlos conservado o, en todo caso, era obvio que le daban igual. En cambio, intentó despertar mi interés en unas atroces creaciones tridimensionales de su producción posterior. De milagro logré conseguir un par de dibujos antiguos para nuestra colección, que estaban relacionados con proyectos importantes, como su «Partenón de los libros». Otro milagro se dio unos meses después, cuando reaparecieron las famosas fotos en las que Marta le hacía entrega a Warhol de maíz en pago simbólico de la deuda externa de su país. En mi opinión, las fotos tenían un precio exorbitante: ya para entonces sin duda había reconocido el valor no tan insignificante de sus primeras obras.

Marta Minujin, alrededor de 1960

Making it happen en los años 60

Marta Minujin viajó a París ya en 1960, cuando era la Meca del mundo del arte. Sin rodeos, se acercó a las vanguardias y poco tiempo después hizo una gran fogata con «toda» su producción artística en una acción pública («La destrucción», 1963). Así llegó al meollo de los happenings y las performances, que se estaban convirtiendo en el último grito de toda la creación de vanguardia en ese momento. Un par de años después, se fue oportunamente a Nueva York, que estaba a punto de superar a París como el epicentro del arte global. Ahí atrajo la atención de los medios de comunicación en acciones espectaculares con Allan Kaprow y Wolf Vostell («Three Countries Happening», 1966) y organizó acciones propias, como «Minuphone» (1967) y «Minucode» (1968). Asimismo, por esas fechas montó, en un estadio de fútbol de Montevideo, la performance “Suceso plástico”, para la que arrojó, desde un helicóptero, 500 pollos vivos, harina y lechuga encima de un grupo de fisicoculturistas, gordos y policías motorizados.

El Partenon de los libros prohibidos, 2017, documenta XIV, Kassel, Cortesía: Marta Minujin Archives

El lugar y el momento 

Durante muchos años, Marta Minujin siempre pareció estar en el lugar correcto en el momento correcto. Reconocía al vuelo las oportunidades inherentes a una situación y, al igual que Christo y Jeanne Claude, solía convencer a la gente apropiada de la importancia de sus espectaculares empresas. Pensaba en grande y actuaba a gran escala. Así como su colega estadounidense Andy Warhol, le gustaba quedarse en la superficie. Profundizar no era lo suyo. Prefería el espectáculo, que supo siempre manejar y escenificar. En el proceso, creó lo que vino a convertirse en una serie de obras incunables de la historia del arte, como el obelisco bonaerense de «pan dulce» y su obra más famosa: el «Partenón de los libros», que erigió en la Avenida 9 de Julio en Buenos Aires, a fines de la dictadura militar, en 1983, y que llevó a Documenta XIV en Kassel en 2017.

Insta: @martaminujin

Priscilla Monge (nace en 1968 en San José, Costa Rica, y vive y trabaja en San José)

En apariencia, Priscilla Monge es serena, agradable y amistosa; su proceder es delicado, discreto, modesto y formal. Sus obras de arte conceptual, sin embargo, perforan hasta el fondo con su agudeza extrema y contribuyeron con creces al merecido reconocimiento del arte contemporáneo en Costa Rica. Monge es capaz de desmantelar la violencia de género tanto estructural como específica a niveles comprensibles que, no obstante, jamás recurren a la crudeza. Más bien opera con una sagacidad deslumbrante y una irónica elegancia refractada, creando así un sólido número de obras emblemáticas a lo largo de los años, que conservarán su importancia en el futuro.

Priscilla Monge ha incursionado en todos los medios disponibles a lo largo de su vida creativa. Según la situación y la necesidad, elige el medio que le permite transmitir significados de la mejor manera posible. Al asumir y exacerbar de forma creativa el papel que la sociedad suele atribuirle a la mujer (servilismo, inocencia, etc.), subvierte y socava las conductas tradicionales de los roles femeninos y masculinos. Su provocación es desafiante, sofisticada y grácil, y apunta al núcleo de la violencia de género con mordaz ironía y con mucha más precisión de lo que serían capaces las dicotomías bipolares. Con gran sarcasmo y humor negro, enfrenta todo tipo de obsoletos clichés de conducta e incluso a situaciones francamente escalofriantes y perversas. La mayoría de sus trabajos no requiere comentarios adicionales y son comprensibles en un plano global y sin referencia a idiosincrasias locales o regionales.

Bailarina, 1995-2000, Taladro y figura de bronce plateada, 33 x 17 x 6,5 cm, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

Su «bailarina» en cima de un taladro o las pizarras llenas de frases repetidas al estilo de castigos escolares –como «No debo follar con críticos de arte»– se entienden de inmediato. Una de sus obras más hermosas y apreciadas –y que pudimos mostrar en el patio de Casa Daros en Río de Janeiro con motivo del mundial de fútbol en 2014– es su ondulante cancha de fútbol. Frente a la función del original, este campo de juego achatado y montuoso parece grotesco, ridículo y absurdo en su distorsión semántica. En este acto subversivo, Monge anula, con aparente desenfado, todas las reglas (del juego) y a la vez se burla de las reglas y convenciones sociales que tenemos en común.

Cancha de fútbol, 2014, Casa Daros, Río de Janeiro, Cortesía: Priscilla Monge

www.priscillamonge.com

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