Waltercio Caldas (nació en 1946 y reside en Río de Janeiro)

Waltercio Caldas es el esteta por antonomasia. También es uno de los artistas brasileños más vendidos; lo que demuestra que la calidad y el éxito económico en el arte no tienen por qué ser una contradicción en términos…

Cuando conocí a Waltercio Caldas por primera vez —a inicios de este siglo en su hermosa residencia en Río de Janeiro— quedé muy impresionado por su sofisticada elegancia y profunda elocuencia. Habló de su arte y del arte en general, de forma tan admirable que fue un verdadero placer y un privilegio escucharlo. En este sentido también marcaba un gran contraste con dos artistas coetáneos y de igual peso: Antonio Dias y Cildo Meireles. Por mucho que uno lo intentara, era muy raro oírlos emitir una sola palabra sobre su propia obra. 

O livro Velázquez, 1996, Editora Anônima, São Paulo, abierto: ca. 4,5 x 30,5 x 55 cm, Colección Daros Latinamerica, Zürich, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich

No recuerdo bien cómo y ni por qué (aunque fue antes de conocer la pasión de Waltercio Caldas por coleccionar libros) me atrajeron sus pequeños objetos. Enseguida me cautivó la evidente cantidad pensamiento y amor que había dedicado a elaborarlos hasta su último detalle; como si hubiese puesto todo de sí, sin condiciones, en estas pequeñas piezas. Sus obras en formato medio, por el contrario, no me impresionaron tanto. Sus formatos gigantescos, en cambio, me fascinaron por completo. La forma como circunscribe y describe grandes extensiones de paisaje con sus intervenciones artísticas —recurriendo a marcas mínimamente invasivas que encuadran paisajes enteros para conformarlos al significado que busca otorgarles— ¡es extraordinaria! 

Ya que era imposible adquirir los paisajes para la Colección Daros Latinoamérica, compramos sus libros-objeto. Para ser más preciso: compramos todos y cada uno de ellos. En 2015, los expusimos en nuestra Casa Daros, en Río de Janeiro. En estas piezas subyace un tremendo impulso creativo que, por un lado, parece minimalista y, por el otro, otorga a la poesía más efímera y delicada el espacio que merece. Como toda poesía verdadera, profunda y genuinamente poética, también con Waltercio Caldas hay que saber leer entre líneas; es decir, allí donde el arte auténtico desarrolla su aroma pleno y particular, donde elude los esquemas interpretativos dominantes y donde abre pasajes hacia la ambigüedad y la incertidumbre para que viajemos con nuestros propios medios. Para mí, Waltercio Caldas —a un nivel que no es racionalmente comprensible— alcanza un timbre artístico y poético comparable al del eminente artista belga Marcel Broodthaers en su tiempo. El arte de Waltercio suele ser como una brisa intangible, minimalista y de temperamento fresco, profundo y enigmáticamente cifrado; como una composición de bossa nova convertida en objeto. Es el frescor en sí mismo, lleno de pasión congelada.

Vôo noturno, 1967, abierto: 15 x 32 x 61 cm, Colección Daros Latinamerica, Zürich, Fotografía: Peter Schälchli, Zürich

El espacio —incluso el espacio casi impalpable de un vasto y extenso paisaje— es algo que Waltercio Caldas maneja en forma lúdica; algo que escudriña, mide y hace visible con mínimas intervenciones arquitectónicas y escultóricas, dotando al paisaje de un ritmo poético sinigual. No sólo esboza el espacio ya existente, sino que traza además los espacios mentales en los que empezamos a adentrarnos y movernos. Como dijo mi colega Katrin Steffen hace unos años, “Waltercio Caldas reflexiona sobre las posibilidades y limitaciones de la representación y la observación”. Este talento lo predestina también de forma indirecta a ser un hacedor de exposiciones, trabajo que realizó con éxito —por invitación del curador Gabriel Pérez-Barreiro— para la Bienal de São Paulo el año pasado.

www.walterciocaldas.com.br

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