Wifredo Díaz Valdéz (nació en 1932, en Treinta y Tres, Uruguay; vive y trabaja en Montevideo, Uruguay)

Nunca olvidaré la primera vez que conocí a Wifredo Díaz Valdéz, en su casa de Montevideo. Estaba parado ante su largo banco de trabajo, con su overol azul, como el que usaban antes los conserjes, y comenzó a hablarme de su carpintería. Al principio me pareció un fanático del bricolaje, un manitas filosófico; pero pronto me di cuenta de que estaba ante un verdadero esteta, sutil y extremadamente astuto, que despertaba en mí una curiosidad sin medida.

Un carpintero, en efecto

Wifredo, de hecho, aprendió el oficio de la carpintería cuando era joven, en el campo. Y en cierto modo, la carpintería siguió siendo su sustento de vida. Como tal vez ningún otro artista, analiza los tipos de madera que tiene a su disposición, e investiga e identifica sus posibilidades. Su cuerpo entero de trabajo se mantuvo siempre enraizado en su tierra de origen: el campo uruguayo. 

A lo largo de muchos años, fue adquiriendo respeto y atención hacia la estructura y el comportamiento de la madera. Todos esos años llevaron al artista —podría decirse que de forma orgánica— a ponderar sobre las capacidades del material y a seguir los caminos espaciales, plásticos y simbólicos, así como las perspectivas que el trabajo directo con la madera le iría revelando en un proceso que ha tomado toda una vida. 

Butaca, 1984, Roble y yute, dimensiones variables, Fotografía: Bruno Alder, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

Wifredo Díaz Valdéz fabrica esculturas, por un lado; es decir, da forma a los bloques de madera, cincelándolos y tallándolos para revelar su interior, su núcleo “íntimo” y vulnerable. Por otro lado, se involucra con artefactos de uso cotidiano, objetos triviales que él deconstruye con minucioso cuidado. Todo tipo de enseres están sujetos a su deseo deconstructivista: bolas de boccia, mates, puertas, marcos de ventanas, sillas, ruedas… Enseres que son emblemáticos para aquellos individuos que los usaban, aludiendo a innumerables historias personales, potencialmente imaginadas. 

Con sus intervenciones y conversiones artísticas, Wifredo Díaz Valdéz contrarresta la rueda del tiempo de la manera más bella posible: la madera —proveniente de la naturaleza, apropiada por nuestra cultura para convertirla en artículos de uso diario y, por ello, condenada a la decadencia— se salva por un acto artístico que la transforma en una vida eterna en el arte. Al quitarle su función, el artista despoja a la madera de su inmanente transitoriedad y crea para ella una nueva temporalidad, una segunda vida: acto que adquiere gran relevancia política en nuestra actual cultura del reciclaje.

Bocha, 1991, Quebracho, dimensiones variables, Fotografía: Bruno Alder, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection

Construir deconstruyendo

Construir deconstruyendo: ¡qué ingeniosa movida! A la vez, parece imposible. Todo se desmonta y sin embargo permanece unido por finos pernos y juntas de madera para plegarse y desplegarse a voluntad. Lo que antes era funcional, ahora se transforma sin más en algo abstracto y de una naturaleza estética harto distinta. Todos los recuerdos de las funciones anteriores se evaporan. Las obras de Wifredo tienen el efecto invertido del icónico Desarrollo de una botella en el espacio, de Boccioni, escultura de principios del siglo XX.

La vida, tal cual es, se expone en las obras de Wifredo Díaz Valdéz de forma directa e inmediata en una serie de realidades opuestas: antes y después, dentro y fuera, sobriedad y juego, evolución y destrucción, y eventualmente vida y muerte. Todas son dicotomías interdependientes y universales que impregnan nuestras vidas. ¡Qué bien que existan artistas como Wifredo Díaz Valdéz!

Rueda, 1988, Lapacho y hierro, dimensiones variables, Fotografía: Bruno Alder, Zürich, Cortesía: Daros Latinamerica Collection, Zürich

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