Arte Latinoamericano

Mentalidades, estereotipos y proyecciones

Hace varios años, le pregunté a una simpática mesera en La Habana si la ensalada de frutas en el menú era natural, queriendo decir que si era fresca o enlatada. Me respondió: «No es natural, es tropical». Dudo que estuviera consciente de que había formulado una declaración profundamente filosófica.

¿Qué constituye la mentalidad?

A lo largo de todos mis años de trabajo en Latinoamérica acostumbraba reflexionar sobre la existencia o no de las llamadas mentalidades colectivas. Después de todo, recibía un alimento sostenido y abundante de clichés sobre cada país y su gente, al igual que visiones estereotipadas de los países vecinos. Mi curiosidad innata me motivaba a ir al fondo del posible grado de verdad de estas afirmaciones.

La mentalidad es un problema con el que me he familiarizado desde hace mucho tiempo. En toda Europa y en todo el mundo, a los alemanes siempre se les recuerda que se espera que sean puntuales, ordenados y diligentes, bastante aburridos y sin sentido del humor, por supuesto de piel clara, que usen Lederhosen de forma habitual, que beban cerveza y coman salchichas y, lo más probable es que sean devotos del fútbol. A un nivel superior, se tiende a pensar que los alemanes participan en la (otrora) característica inventiva alemana y en la profunda filosofía de los grandes pensadores. En opinión de los «demás», todo esto siempre ha venido acompañado de una notoria tendencia hacia el fascismo por parte de «los alemanes».

La investigación en la historia de las mentalidades sólo ha vuelto a estar en la agenda durante algunas décadas en relación con aspectos antropológicos y culturales. Antes de eso, el término en sí llegó a adquirir justificadas connotaciones negativas durante mucho tiempo por su cercanía con clichés, prejuicios y estereotipos. Aunque el uso de la palabra «mentalidad» parece, por tanto, algo obsoleto, el concepto puede definirse a grandes rasgos como una predisposición afectiva de las sociedades que en honda medida orienta el pensamiento y la percepción de cada época. Como tal, representa un gran poder que influye de manera sostenida en la condición psicológica y sociocultural de determinados grupos sociales en un momento dado. 

¿Dónde está la línea divisoria entre folclor y folclorismo?

Si bien no es fácil determinar si se trata de mentalidades colectivas o de proyecciones estereotipadas, no podemos negar la existencia de este género distintivo de fenómenos. Tomemos, por ejemplo, el «descubrimiento» brasileño del tropicalismo autóctono como encarnación de un cliché mental que fue elevándose al rango de la alta cultura y contribuyó a la formación de la identidad nacional de toda una generación. Mientras que el «tropicalismo» –estilo musical brasileño de la segunda mitad del siglo XX (Gilberto Gil, Caetano Veloso y otros)– puede interpretarse en términos de estilo de vida y su tendencia política y cultural anticonsumista, otros fenómenos similares corren el riesgo de ir al límite y deslizarse hacia el reino del kitsch. Este bien pudo haber sido el caso de la aclamada exposición «Tropicália» (1967), de Hélio Oiticica en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (MAM). A veces hay sólo un leve paso del folklor al folklorismo. La “fila de conga” con indios amazónicos que el artista brasileño Ernesto Neto escenificó en una reciente Bienal de Venecia tampoco tuvo nada que envidiarles a las incontables recreaciones indígenas en las comunidades provincianas del mundo; desde Clarksville, Kentucky, hasta Delmenhorst, en la Baja Sajonia.

Fui testigo de escenas en América Latina que parecían sacadas de un libro ilustrado con los clichés más burdos; como la pomposa aparición de un general de república bananera, con cara de cerdo y adornado como un árbol de Navidad, durante la inauguración de una bienal en el museo de arte de Santo Domingo, en República Dominicana.

¿Y qué hay de la arraigada obediencia incondicional a la autoridad, de la que fui testigo durante muchos años dondequiera que iba en Río de Janeiro? ¿Será parte de una mentalidad que ya se ha convertido en algo natural para los brasileños? ¿O es «tan sólo» una reliquia de los viejos tiempos, cuando Río era la sede del Gobierno real?

¿Qué hace a un panameño?

Fue un panameño quien una vez me dio esta demoledora respuesta a la pregunta: «¿Qué es un panameño?». De lo contrario no me atrevería a citarlo aquí: «Un panameño es un venezolano que se hace pasar por un argentino». Esta evaluación despiadada va justo al meollo del problema de la mentalidad.

Incluso si el uso de la palabra como tal está mal vista, el concepto existe; sigue siendo operativo y se emplea de manera ubicua en todo el mundo. Las ideas sobre la «mentalidad» están tan arraigadas en la psique colectiva que no se perciben de forma objetiva y, al parecer, con el tiempo se van convirtiendo en realidad, como una «profecía autocumplida». Tomemos, por ejemplo, el âme slave» –la «gran alma eslava»– de los países eslavos de Europa del Este, o postulados y proyecciones caseras como el «sueño americano» en Estados Unidos, «las tres culturas» en México, el «socialismo» y la «solidaridad» en Cuba, el «ordem e progreso» y «tolerancia» en Brasil, o la eterna comparación de Argentina con Europa y Buenos Aires con París.

Todas estas afirmaciones suelen ofrecer una base estable para la construcción de la identidad nacional. Y parece que también poseen algo de verdad; o de lo contrario, ¿por qué nos encontramos creyendo en ellas?

  1. Hans, me he reído mucho con tu artículo. Te comento que a veces creo que la gente, de cualquier parte, parece querer encajar en determinados clichés nacionales. A veces no sé si es que quieren encajar, o que es inevitable y no se dan cuenta.
    Obviamente, hay excepciones a la regla.

    Me acordaba de todos los estereotipos latinos del cine y la industria del espectáculo hollywoodense. Desde Ricky Ricardo (Desi Arnaz Jr) con su conga, Carmen Miranda con su sombrero tropical, y Sofía Vergara con su exagerado acento latino. Creo que se instrumentaliza esa visión con fines diversos, incluso por los mismos que son objeto de esa reducción.

    Por otra parte, sinceramente creo que los panameños somos colombianos que queremos hacernos pasar por venezolanos, pero que en realidad somos puertorriqueños. 😀 jejeje

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