Amor, Fenómenos socioculturales, Reseñas de libros

Christine de Pizan (1364 – c.1430), La Ciudad de las Damas, París, 1405

«Finalmente, a todas vosotras, mujeres de alta, media y baja condición, que nunca os falte conciencia y lucidez para defender vuestro honor contra vuestros enemigos. Veréis cómo los hombres os acusan de los peores defectos. ¡Quitadles las máscaras! ¡Que nuestras brillantes cualidades demuestren la falsedad de sus ataques! Rechazad a los hipócritas que se valen de las armas de la seducción y de falsos discursos para robaros vuestros más preciados bienes: el honor y una hermosa fama. Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro».[1] (Christine de Pizan, extractos de los párrafos finales de La Ciudad de las Damas. Versión basada en la traducción de Marie-José Lemarchand, Madrid: Siruela, 1995)

El brote de la liberación femenina

El manuscrito de Christine de Pizan, publicado en París en 1405, es una declaración hábilmente orquestada, muy sofisticada y muy visible, contra las narrativas misóginas sobre las mujeres de la época. En este ensayo, la autora analiza la posición de la mujer y el miserable régimen de género en la sociedad de su época. Redactado en forma de animado intercambio con tres virtudes en sendos apartados, la autora analiza y desmiente los supuestos vicios y debilidades femeninas. Tomando como referencia las virtudes «masculinas», señala con perspicacia y habilidad a mujeres ejemplares de la historia, para mostrar cómo superaron a los hombres. El resultado es un ameno compendio de las grandes mujeres que se conocían hasta ese momento. Fue esta obra de Christine de Pizan la que lanzó la llamada querelle des femmes; la lucha multisecular por la igualdad en derechos de las mujeres.

¿Puede Dios ser falible?

«Volviendo sobre todas esas cosas en mi mente, yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y conducta, y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar, tanto princesas y grandes damas como mujeres de mediana y modesta condición, que tuvieron a bien confiarme sus pensamientos más íntimos (…) Al mismo tiempo, sin embargo, me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia (…) hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres (…) Finalmente, llegué a la conclusión de que al crear Dios a la mujer había creado un ser abyecto (…) Abandonada a estas reflexiones, quedé consternada e invadida por un sentimiento de repulsión; llegué al desprecio de mí misma y al de todo el sexo femenino, como si la Naturaleza hubiera engendrado monstruos. Así me iba lamentando: —¡Ay Señor! ¿Cómo puede ser, cómo creer sin caer en el error de que tu sabiduría infinita y tu perfecta bondad hayan podido crear algo que no sea bueno? ¿Acaso no has creado a la mujer deliberadamente, dándole todas las cualidades que se te antojaban? ¿Cómo iba a ser posible que te equivocaras?» Así explica la autora las razones que la motivaron a redactar esta obra, publicada antes de la invención de la imprenta y, por ello, escrita en su puño y letra. 

Christine de Pizan nació en Venecia en 1364, hija de Tommaso da Pizzano. Su familia se mudó a París cuando aún era niña; su padre fue nombrado astrólogo y médico personal del rey Carlos V de Francia. Disfrutó de una excelente educación en latín, literatura y matemáticas. Escribió muchas obras, tanto en prosa como en verso, en su mayoría de carácter político, reformista y educativo, incluido un poema al estilo de un himno sobre Juana de Arco, compuesto poco antes de morir. Como era la costumbre en aquella época, los escritores debían conseguir patrocinadores para publicar sus obras. Christine envió este libro a la esposa del rey Carlos VI de Francia, Isabeau de Bavière.

Construir una ciudad de mujeres

La Ciudad de las Damas fue «redescubierto» hace tan sólo medio siglo, al reconocerse su importancia para nuestros tiempos. Por supuesto, no existían prototipos «feministas» en ese momento, por lo que la autora hizo uso de las convenciones de su época y del material que tenía disponible. Se refirió a Boccaccio y a su compendio literario Sobre mujeres ilustres, por ejemplo, y se inspiró en Petrarca y en San Agustín para retratarse a sí misma como una de las primeras humanistas eruditas en su studiolo.

El libro se divide en tres secciones que simbolizan una ciudad femenina en construcción. Cada una de las tres fases de esta fortaleza moral, donde reinan la paz y la unidad, va acompañada de una alegórica figura femenina–Razón, Rectitud y Justicia– que debaten con la autora sobre las supuestas debilidades y vicios de la mujer. Las Tres Virtudes combaten completa y triunfalmente todos los argumentos masculinos. Literalmente todas las figuras femeninas conocidas en ese momento le sirven como modelo a seguir: guerreras, eruditas, inventoras, poetas, profetas, la Virgen María y todas las protagonistas bíblicas, santas, mártires, diosas antiguas y demás mujeres virtuosas, desde la antigüedad hasta el presente. Christine de Pizan crea así un archivo de todas las mujeres importantes, sean estas mitológicas o reales, y destaca su valor para la historia humana y cultural.

La unión hace la fuerza

Con fingida ingenuidad, Christine pregunta a las Tres Virtudes sobre cuestiones como la lascivia de las mujeres, su acceso a la educación, el cargo de que incitan a su propia violación, la frivolidad e inconstancia femeninas y su infidelidad en el amor. Por último, le pregunta a Dama Rectitud por qué ninguna de estas figuras destacadas ha refutado las calumnias vertidas en los libros y a los hombres que las han difundido. Dama Rectitud responde que es porque las mujeres, aisladas como están, han ocupado su mente en diversos trabajos especializados, pero nunca se han unido para dedicarse juntas a este asunto. Hasta ahora, dice, las propias mujeres nunca han escrito un libro que contradiga estas calumnias. A lo que Christine responde: «Mi señora, ha hablado usted muy bien, pero estoy segura de que surgirán muchas quejas contra esta obra entre los calumniadores y detractores».


[1] Recordemos que cualquier amorío extra o premarital en la época de Christine de Pizan tenía consecuencias fatales para las mujeres.

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