Amor, Fenómenos socioculturales, Reseñas de libros

Erica Jong (nace en 1942): Miedo a volar, 1973 

«Llevaba puesto un bañador negro con escote hasta el ombligo y el mundo entero me miraba: las mujeres con reproche y los hombres con lujuria. Sentía el semen viscoso de Adrián goteando entre mis piernas y en la piscina clorada. Una estadounidense que dona semen inglés a los alemanes. Una especie de Plan Marshall absurdo. Que su semen bendiga el agua y los bautice. Que los limpie de sus pecados. Adrián el Bautista. Y yo, María Magdalena. Pero también me preguntaba si nadar justo después de follar me dejaría embarazada. El agua podría empujar el semen por detrás del diafragma».

¿Porno? No. ¡Liberación!

Polémico, atrevido e impregnado de la irreverencia más profunda y refrescante, el éxito de ventas escrito por Erica Jong en 1973 y cuyo título en español es Miedo a volar, ha vendido más de treinta millones de copias y ha sido traducido a más de cuarenta idiomas. Esta novela deslumbrante, narrada con gran valentía política y social, este “libro liberador”, provocó un escándalo en el mundo occidental y convirtió a su autora en un ícono del movimiento feminista de la noche a la mañana. La sociedad puritana de Estados Unidos percibió el libro como una transgresión impertinente y audaz a ciertos tabúes. Asimismo, en Europa a menudo se le consideraba pornografía o incluso se le denigraba como una “fantasía de ama de casa”.

Y es que Erica Jong las cantaba todas. Escribió con gran sensualidad y franqueza sobre el acto de “volar”: su metáfora para referirse a la creatividad, independencia y autodeterminación sexual de las mujeres. La hipócrita sociedad patriarcal, dominada por hombres, no le perdonó a Erica Jong ni su exhibicionismo ni que admitiera sus debilidades y confesara sus pensamientos más secretos. A fin de cuentas, eran justo esos los síntomas de la alta autoestima femenina, que el patriarcado rechazaba con vehemencia.

Sabiduría e ingenio

La historia medular del libro, narrado en primera persona, lleva a la protagonista a Europa para un congreso de psicoanalistas en Viena, al que asiste con uno de sus esposos. La novela está repleta de sus amoríos, interpretados por ella con ingenio y espíritu. Es en última instancia una autobiografía, adornada aquí y allá, claro; y porque está escrita con absoluta honestidad y sin pretensiones, leerla resulta un placer. Además del sexo, arremete contra aspectos de su trasfondo judío y del psicoanálisis (ella desciende de ambos, por así decirlo), y no escatima en hacer comentarios sarcásticos sobre la cultura alemana (nazi). Nada le es sagrado, y su sabiduría y experiencia de vida son asombrosas, sobre todo si se considera la edad que tenía cuando lo escribió. Henry Miller comparó Miedo a volar con su Trópico de Cáncer, aunque el de Erica Jong es, de lejos, mucho más ingenioso.

Sobre las ideas que se tienen de las mujeres: “Aprendí sobre las mujeres de los hombres (…) Aprendí lo que era un orgasmo de D.H. Lawrence disfrazado de Lady Chatterley. Aprendí de él que todas las mujeres adoran el Phallos: su forma tan pintoresca de nombrarlo. Aprendí de Shaw que las mujeres nunca podrán ser artistas; aprendí de Dostoyevski que no tienen sentimientos religiosos; aprendí de Swift y de Pope que tienen demasiados sentimientos religiosos (y por ello nunca podrán ser del todo racionales); aprendí de Faulkner que son madres terrenales y que están en armonía con la luna y las mareas y los cultivos; aprendí de Freud que tienen un superego deficiente y que siempre quedarán ‘incompletas’ porque les falta la única cosa en este mundo que vale la pena tener: un pene”.

Sobre el matrimonio: “Incluso si amabas a tu esposo, llegaba ese inevitable año en el que hacer el amor con él se volvía tan insípido como el queso Velveeta: satisface y hasta engorda, pero es incapaz de producir sensación alguna en las papilas gustativas, sin sabores agridulces, sin peligro. Y te venían ganas enormes de comerte un Camembert muy maduro o un raro queso de cabra: delicioso, cremoso, ungulado”.

Sobre el pene flácido: “El último desprecio sexista: el pene que se duerme en el trabajo. El arma definitiva en la guerra entre los sexos: el pene flácido. El símbolo del apocalipsis: el pene con cabeza atómica que se autodestruye. Era esa la desigualdad de fondo que nunca podría subsanarse: no era que el hombre tuviera una maravillosa atracción adicional llamada pene, sino que la mujer tenía un maravilloso coño todoterreno. Ni las tormentas, ni el granizo ni la oscuridad de la noche podrían inmutarla. Siempre estaba allí, lista. Aterrador, si te pones a pensar. No es de extrañarse que los hombres odiaran a las mujeres. Ni que hubieran inventado el mito de la inadecuación femenina”.

Sobre Alemania: “Señoras que parecen sacos de papa me rodean como una pared gris de loden. Alemania está patrullada por ejércitos de estas mujeres con abrigos grises, sombreros tirolenses, zapatos juiciosos y cachetes enrojecidos por capilares reventados. De cerca parecen mejillas adornadas con fueguitos artificiales que han sido capturados, como en una fotografía, justo en el momento de estallar. Viudas fornidas que andan por doquier con guineos que se asoman por sus bolsas de cuerda, montan bicicletas con asientos demasiado estrechos para sus anchos culos o toman trenes encharcados por la lluvia, que van de Múnich a Hamburgo, de Núremberg a Friburgo. Un mundo repleto de viudas. La solución final prometida por el sueño nazi: un mundo sin judíos y sin hombres”.

Sobre la escritura: “¿Cómo puedo saber lo que pienso si no veo lo que escribo? Mi escritura es el submarino o la nave espacial que me lleva a los mundos desconocidos que tengo en la cabeza. Y la aventura no termina ni se agota. Aprender a construir el vehículo idóneo me permite descubrir aún más territorios. Y cada nuevo poema es un nuevo vehículo diseñado para bucear un poco más hondo (o volar un poco más alto) que el anterior”.

El chiste favorito del abuelo:

P: “¿Por qué los judíos responden siempre a una pregunta con otra pregunta?”

R: “¿Y por qué no deberían los judíos responder a una pregunta con otra pregunta?” 

Coda: “La vida es maravillosa y ridícula al mismo tiempo, ¿no te parece? Para perdurar, al feminismo también le hace falta tener sentido del humor”[1]


[1] Erica Jong en una entrevista con Susanna Petrin en Nueva York el 6 de enero de 2023 y publicada en Tagblatt (consultado el 2 de noviembre de 2023), https://www.tagblatt.ch/kultur/portraet-us-ikone-erica-jong-auch-der-feminismus-braucht-humor-um-bestand-zu-haben-ld.2395518

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