Amor, Fenómenos socioculturales, Reseñas de libros

Roland Barthes (1915–1980): Fragments d’un discours amoureux (1977)[1]

«Un mandarín se enamoró de una cortesana. “Seré tuya –le dijo ella– “cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado en un taburete en mi jardín, bajo mi ventana”. Pero a la nonagésima novena noche, el mandarín se levantó, se puso el taburete bajo el brazo y se fue».

«La espera: torbellino de angustia provocado por la espera del ser amado»

Fotografía: Youssef Limoud

«¿Estoy enamorado? –Sí, porque espero. El otro nunca espera. A veces quiero ser el que no espera; intento ocuparme en otra cosa, llegar tarde; pero en este juego siempre pierdo: haga lo que haga, me encuentro ocioso, detallista, adelantado incluso. La identidad fatal del amante no es otra que: soy el que espera.

El ser que espero no es real. Es como el pecho de la madre para el lactante; lo creo y recreo sin cesar a partir de mi capacidad de amar, de la necesidad que tengo de él: el otro viene allí donde lo espero, donde ya lo he creado. Y si no viene, lo alucino: la espera es un delirio.

El escenario representa el interior de un café; tenemos una cita y espero. En el Prólogo, siendo el único actor de la pieza (y con razón), noto, registro el retraso del otro; este retraso sigue siendo sólo una entidad matemática y computable (miro el reloj varias veces); el Prólogo termina con un cabezazo: decido “enojarme”, desencadenando la ansiedad de la espera. Entonces comienza el Primer Acto, repleto de suposiciones: ¿y si hubo un malentendido sobre la hora?, ¿el lugar? Intento recordar el momento en que se concertó la cita, los detalles que se dieron. ¿Qué hacer (ansiedad por la conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Lo llamo? ¿Pero qué pasa si el otro llega durante estas ausencias? Al no verme, corro el riesgo de que vuelva a irse, etc. 

El Segundo Acto es el de la ira; dirijo violentos reproches al ausente: “En todo caso, bien podría haber…”, “Él (ella) sabe bien…” ¡Ah! ¡Si ella (él) pudiera estar aquí para poder culparlo por no estar aquí! En el Tercer Acto alcanzo la angustia más pura: la del abandono; acabo de pasar de la ausencia a la muerte en un segundo; el otro está como muerto: explosión de luto: estoy internamente lívido. Así es la obra; puede acortarse con la llegada del otro; si llega en el Primero, la acogida es tranquila; si llega en el Segundo, hay una “escena”; si llega en el Tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro profundo, como Peleas saliendo del subsuelo y reencontrando la vida, el olor de las rosas.

La ansiedad de la espera no siempre es violenta; tiene sus momentos de tedio; espero y todo lo que rodea mi espera está golpeado por la irrealidad: en este café miro a los demás entrar, charlar, bromear, leer tranquilamente: ellos no esperan.

Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, ‘pasatiempo milenario de la humanidad’».


[1] Traducido de Roland Barthes, Fragments d’un discours amoureux, París: Editions du Seuil, 1977

Ver mi entrada anterior sobre Barthes, “El ausente”, del 26 de agosto de 2023

Fotografía: Youssef Limoud

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